El caso Chocobar, o todo lo que no debe hacer un Ejecutivo con el Poder Judicial.
Se conoció recientemente la resolución de la
Cámara del Crimen que confirmó el procesamiento de Luis Oscar Chocobar, aunque
modificó el encuadre dado al caso que pasó de homicidio con “exceso en la legítima defensa” a “exceso del cumplimiento de un deber”. Sin
entrar en profundidades doctrinarias, la nueva calificación se presenta incluso
como más intuitiva si se tiene en cuenta lo mucho que se debatió en estos días
al respecto.
La sentencia de la Cámara exhibe particular
mesura, un recorrido puntilloso de la secuencia de hechos que desencadenaron en
la muerte de Kukoc y una ponderación de todos los elementos en juego: los
jueces valoraron la inusitada violencia utilizada
por el joven hoy muerto para hacerse de una cámara de fotos, la situación
drástica en que quedó el turista herido, el contexto de alarma generado y el
modo en que ello se pudo haber proyectado incluso en un profesional en la tarea
de perseguir el delito.
Para los jueces quedó claro, con los elementos
de prueba que hasta hoy todos conocemos, que el policía acusado cruzó la línea de lo permitido cuando disparó
del modo en que lo hizo. La Cámara dejó expresamente dicho que “el dolo homicida −esto es, la intención
de matar− está despejado por la
oportunidad y la forma en que disparó”. No se trata de discutir si Chocobar
tenía una particular aversión por Kukoc o por las personas en sus condiciones, sino
de si actuó con el profesionalismo que su condición de policía le exigía en
casos como este para los cuales, precisamente, recibió entrenamiento.
La conclusión a la que se arribó ya la
anticipamos. La Cámara confirmó la decisión del juez anterior, aunque desde
otra perspectiva, e incluso sugirió la realización de más medidas de prueba que
tienen potencial para aclarar aun más la situación.
Todavía queda un largo camino judicial por
recorrer y no podemos aventurar resultados. Primero porque es altamente
probable que la opinión pública pierda, en los próximos meses, interés en el
tema y la cause acabe de un modo no tan espectacular. Tal vez prescripta o basada
en hechos que se descubran más adelante y que condicionen la decisión al punto
de dejar poco espacio para el debate.
Pero lo que importa en verdad es ver el
comportamiento de nuestras instituciones frente a este hecho, particularmente
complejo.
Alguna alarma debería generarnos que el
Presidente de la Nación, el Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y la
Ministra de Seguridad hayan corrido a sacarse fotos con un policía acusado de
los hechos de los que estamos hablando. Podemos dejar a un lado categorías con
fuerte carga emotiva como “gatillo fácil”
o “ejecución extrajudicial” pero
prácticamente desde el momento cero pudimos saber que −cuando
menos− estábamos frente a un obrar
de dudosa profesionalidad (el mismo Chocobar reconoció haber disparado a la
carrera, con una sola mano y la cara tapada). Luego los videos que circularon nos
dejaron bastante claro que los disparos alcanzaron al joven muerto por la
espalda.
Más aun, al conocerse la resolución de Cámara que
arriba comentábamos, el Presidente de la Nación salió a brindar declaraciones
que exteriorizan un inadmisible desconocimiento propio o −lo que es peor− buscan
generarlo en sus millones de espectadores. Montado en el escándalo que generó el
ex juez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni, acusó a los jueces de seguir sus
doctrinas en un macartismo frente al que tendríamos que reflexionar con cuidado.
Zaffaroni, que aparece como un Deus ex machina de cada resolución judicial
que al gobierno le desagrada, no fue citado ni una sola vez en la resolución de
la segunda instancia. Y, en cambio, sí aparecen citados los grandes autores de
la doctrina penal clásica como Núñez, Soler, Fontán Ballestra y Creus;
auténticos maestros en la materia que −con justicia− reivindican las voces
críticas del zaffaronismo y su auge (mas académico que judicial, pero de eso
deberíamos ocuparnos en otro momento).
La resolución, hay que insistir, es verdaderamente
moderada. Hace hincapié en el inadmisible desprecio por la vida que se observa
en el robo, el cumplimiento de los deberes del policía y la corrección de su
conducta, que va en un aceptable sentido creciente pero falla al no detenerse frente
al deber de no disparar letalmente en casos como este. O al menos poner el
cuidado necesario para que los disparos efectuados no sean letales.
Y sin embargo, ahí están una vez más las voces
oficiales hostilizando al Poder Judicial porque no falla como ellos preferirían.
El antecedente de Jorge Triaca, que pretendió abrir un juicio político contra
los camaristas laborales que fallaron contra sus pretensiones en el conflicto gremial
bancario, aparece cada vez menos como un episodio aislado. Patricia Bullrich ya
había dicho que las fuerzas a su cargo no
acatarían órdenes ilegítimas de ningún juez y ahora dijo que iban a invertir la carga de la prueba en
casos como este, presumiéndose la inocencia de la policía en casos de
muertos en enfrentamientos. Horacio Rodríguez Larreta se sumó a esta construcción
discursiva del policía héroe de la
jornada asediado por un Poder Judicial que estaría patas para arriba y
condena a los buenos.
¿A dónde estamos yendo? ¿Dónde estaban estos
funcionarios cuando ocurrieron los hechos por los que Argentina tuvo que pedir
disculpas y ofrecer reparaciones internacionales por el caso Bulacio? Muchos de
ellos en el gobierno, por lo que cuesta imaginar que olviden que ese caso (y
tantos otros de brutalidad policial) fue posible al amparo de una peregrina
doctrina de que a la policía hay que
dejarla hacer su trabajo. Y no estamos hablando solo de prácticas toleradas
sino de normativas internas −la
nefasta circular 50− que sustraía precisamente el
accionar policial del control judicial y que permitió los horrores que integran
la lista de vergüenzas que la Argentina levanta frente a sus países hermanos de
la OEA.
No puede negarse la indeseable presión que el oficialismo
ejerce para condicionar a los jueces en la resolución de la causa. Algo de
esperanza en estos últimos debe quedarnos porque, amén de este auténtico corso
de conductas bizarras y mal intencionadas, los magistrados fallaron conforme su
convicción y conocimientos y de un modo que se anticipaba desagradable para el
paladar oficial. Es claro que ese es el modo en que deben hacer su trabajo,
pero en un país con estos severos déficits institucionales la normalidad ya es
virtud.
El Poder Judicial habla por sus sentencias y no
puede (ni debe) entrar en confrontaciones mediáticas. Por eso es de una enorme
deslealtad institucional que las otras ramas de gobierno usen su capacidad mediática
para rivalizar con interlocutores que tienen −cuando
hacen bien su trabajo− no solo los ojos
vendados sino una mano atada.
Es alto el riesgo que corremos si la clase dirigente
carga las armas contra uno de los poderes de la República. Máxime si lo hace cuando
se enoja porque las normas de juego le impiden concretar sus pretensiones. Y
hay que acusar alguna dosis de maquiavelismo si se aprovecha la limitada capacidad
de respuesta de ese Poder para revertir acusaciones absurdas como las que hemos
tenido que oír. El riesgo es alto, insisto, y ya lo hemos vivido en el pasado
reciente.
Si como comunidad estamos dispuestos a
reaccionar contra estas actuaciones oficiales lamentables, la alarma debería
ser mínima. Si, en cambio, advertimos que todo lo que ha sucedido logra
asentarse en el sentido común y pasa a ser una suerte de nueva racionalidad
colectiva, habrá llegado el momento de preocuparse. Porque todo lo que hemos
visto es, en cualquier manual que hable sobre nuestras instituciones y Estado
de Derecho, todo lo que no debe hacer un Ejecutivo con el Poder Judicial.
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